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Y también pasó por una América Latina que este memorable domingo 14 de octubre se congregó en el Vaticano en torno a Óscar Arnulfo Romero, proclamado mártir y santo por el Papa Francisco, aunque sabemos que ya desde hace muchos años es llamado San Romero de América, gracias a la propuesta de Monseñor Casaldáliga en una célebre poesía de la que tomo unas líneas.

Como un hermano herido por tanta muerte hermana,
tú sabías llorar, solo, en el Huerto.
Sabías tener miedo, como un hombre en combate.
¡Pero sabías dar a tu palabra, libre, su timbre de campana! 

Y supiste beber el doble cáliz del Altar y del Pueblo,
con una sola mano consagrada al servicio.
América Latina ya te ha puesto en su gloria de Bernini
en la espuma aureola de sus mares,
en el dosel airado de los Andes alertos,
en la canción de todos sus caminos,
en el calvario nuevo de todas sus prisiones,
de todas sus trincheras,
de todos sus altares…

¡En el ara segura del corazón insomne de sus hijos!

San Romero de América, pastor y mártir nuestro:

¡Nadie hará callar tu última homilía!

Al recorrer algunos escritos sobre Romero podemos encontrar algunos calificativos que nos ayudan a mejor situar su persona. Pastor, mártir y testigo… Hombre de Dios, Hombre de Iglesia, Hombre de los pobres. Personalmente lo que más me ha llamado la atención es descubrir las dos coordenadas en las que se movía: Dios y los pobres. El altar y el pueblo como nos dice Monseñor Casaldáliga.

Como decía el jesuita, mártir también, Ignacio Ellacuría con Monseñor Romero Dios pasó por el Salvador y añadía: Monseñor Romero nunca se cansó de repetir que los procesos políticos, por muy puros e idealistas que sean, no bastan para traer a los hombres la liberación integral. Entendía perfectamente aquel dicho de san Agustín que para ser hombre hay que ser “más” que hombre. Para él, la historia que solo fuese humana, que solo pretendiera ser humana, pronto dejaría de serlo. Ni el hombre ni la historia se bastan a sí mismos. Por eso no dejaba de llamar a la trascendencia. En casi todas sus homilías salía este tema: la palabra de Dios. La acción de Dios rompiendo los límites de lo humano.

Pero para Monseñor Romero se trata de un Dios cercano, como lo expresaba él mismo: Dios va con nuestra historia. Dios no nos ha abandonado. Dios va sacando partido hasta de las injusticias de los hombres” (9 de diciembre de 1979). Un Dios cercano a los pobres como lo expresó pocas semanas antes de ser asesinado el 2 de febrero de 1980, en la Universidad de Lovaina cuando dijo: “Gloria Dei vivens pauper”, la gloria de Dios es que el pobre viva, historiando con estas palabras lo que en el siglo II había dicho San Ireneo: gloria Dei vivens homo, la gloria de Dios es que el hombre viva.

Como muy bien lo expresó el jesuita Jon Sobrino: Monseñor remitía a algo mayor y a algo de mejor calidad para creyentes y no creyentes, en cuanto estuvieran abiertos a lo que humaniza. Se dirá con razón que de monseñor Romero llamó grandemente la atención su cercanía al pueblo, visible, tangible, hasta cuantificable, su misericordia y su profecía, su esperanza y su cruz. Pero en todo ese ser y hacer, monseñor dejaba que asomase un “más” y un “mejor”, que lo abarcaba todo y que abrazaba a todos. Y es mi convicción que así ocurría porque monseñor nunca se buscó a sí mismo, sino que siempre buscó a Dios. Y la gente lo notó.

Ojalá hagamos nuestro su sabio consejo: Tenemos que ver con los ojos bien abiertos y los pies bien puestos en la tierra, pero el corazón bien lleno de Evangelio y de Dios.

El corazón bien lleno de Evangelio y los pies bien puestos en la tierra. Con un oído en el Evangelio y otro al pueblo. Se trata de tener los ojos bien abiertos y el corazón encendido, como los discípulos de Emaús. Y tener los ojos bien abiertos nos hace tomar conciencia de que estamos viviendo un momento difícil de la historia humana, un momento delicado en la vida de la Iglesia y un momento complicado de nuestra América Latina.

Pero al mismo tiempo un momento de gracia, porque experimentamos, como lo experimentó Monseñor Romero, la presencia cercana e incondicional del Dios de la historia, del Dios de la vida, del Dios de los pobres. Él lo expresaba muy bien en estas palabras de la homilía del 2 de octubre de 1977: “Hermanos, guarden este tesoro. No es mi pobre palabra la que siembra esperanza y fe. Es que yo no soy más que el humilde resonar de Dios en este pueblo”.

La canonización de Monseñor Romero debe ser sobre todo para nosotros una invitación a mantener viva nuestra esperanza. En su última homilía, pocos minutos antes de ser asesinado, él nos decía: “El Reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección. Esta es la esperanza que nos alienta a los cristianos. Sabemos que todo esfuerzo por mejorar una sociedad, sobre todo cuando está tan metida en la injusticia y el pecado, es un esfuerzo que Dios bendice, que Dios quiere, que Dios nos exige”. (Palabras de la última homilía de Mons. Romero, instantes antes que entregara su vida).

Ciertamente es la esperanza la que nos hace caminar y nos abre los caminos del futuro. Es ella la que nos permite mirar hacia adelante con confianza y nos da la fuerza necesaria para superar los obstáculos que se interponen. Vivir con esperanza es tener confianza en Dios y perseverar con fidelidad en la fe. Esperar es tener capacidad para ver, aun cuando nuestros ojos no vean. Es recuperar nuestra capacidad de soñar un mundo mejor para todos, es cuestionar las estructuras y las ideologías inhumanas que hacen infelices a las personas y colaborar activamente para que nazca un mundo nuevo y liberado. Esperar es descubrir y acoger cada día la fuerza de vida de Cristo Resucitado, que hace nuevo este mundo con la fuerza de su Espíritu Santo (Fray Silvio José Báez, o.c.d).

Por eso los invito a que hagamos nuestra esta bella reflexión que nos dejó Monseñor Romero que nos recuerda que somos obreros no maestros de obras, ministros no mesías:

Ayuda de vez en cuando retroceder y considerar efectos remotos.
El Reino no está sólo por encima de nuestros esfuerzos.
Está incluso más allá de nuestra visión.

Sólo una pequeñita fracción de la magnífica empresa de la obra de Dios.
Nada de lo que hacemos está completo,
que es otro modo de decir que el Reino de Dios se extiende siempre
por encima de nosotros…

Esto es de lo que se trata:
Plantamos las semillas que un día crecerán.
Regamos las semillas ya plantadas
sabiendo que encierran futura promesa.

Echamos cimientos que necesitarán más desarrollo.
Proporcionamos fermentos que producen efectos muy por encima
de nuestras capacidades.

No podemos hacerlo todo, y existe un sentimiento de liberación al notarlo.
Esto nos capacita para hacer algo y hacerlo muy bien.

Acaso esté incompleto, pero es un comienzo, un paso a lo largo del camino.
Una ocasión para que la gracia de Dios entre y haga el resto.

Puede que no veamos nunca resultados finales,
pero hay una diferencia
entre el maestro de obras y el obrero.

Nosotros somos obreros,
no maestros de obras,
ministros no mesías.

Somos profetas de un futuro que no nos pertenece.

 

 

H. Roberto Medina L. Anaya
Vicerrector de Bienestar y Formación

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