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La democracia no se reduce, como se piensa coloquialmente, a un simple ejercicio electoral. El voto es un medio importante de decisión en el debate público, pero no el único. Algunas veces incluso produce, por razones psicosociales, resultados perjudiciales. En un régimen autoritario, por ejemplo, lo más probable es que la clase gobernante obtenga la victoria electoral, en virtud de la razón de Estado que normalmente lo sostiene en el poder, aun cuando el ejercicio del poder sea claramente arbitrario.

Si bien el discurso democrático anima a la sociedad legitimando las políticas públicas, es necesario ponerlo en contexto para evitar deformaciones. La democracia no debe ser entendida solamente como el triunfo de las mayorías sobre las minorías, oclocracia de la que se sujetan los regímenes populistas, que postula una especie de ley del más fuerte al estilo del personaje platónico Calicles. Tampoco un mero ejercicio de convencimiento emocional de la muchedumbre que se mueve por sentimientos, prejuicios ideológicos y agnotología. Finalmente, “democrático” no es sinónimo automático de “popular”, disfraz para integrar mayorías que aplasten a las élites “usurpadoras” del poder.

La idea central que debe orientar a la política
es la de construir una comunidad global
de personas libres e iguales.

Una forma adecuada de entender a la democracia es en su forma deliberativa, donde si bien las mayorías toman las decisiones, lo hacen escuchando a las minorías e incorporando aquellos puntos que les resultan vitales, humanamente imprescindibles, y que desde el punto de vista racional sean valiosos para todos. La voluntad general, en caso de verdaderamente existir, no es superior ni más importante que la realización de las personas en forma individual. En otras palabras, si hay personas que sufren más allá de lo admisible, por mucho que las decisiones las haya tomado una mayoría, la política habrá fracasado.

La idea central que debe orientar a la política es la de construir una comunidad global de personas libres e iguales. Este punto de partida es el único que posibilita la construcción de instituciones éticamente aceptables, donde la persona racionalmente se da a sí misma sus propias normas. La democracia es discusión pública. El gobierno no precisamente de las mayorías, sino el gobierno surgido del debate que crea, hasta donde esto sea posible, una decisión aceptable para todos.

La legitimidad de las decisiones políticas descansa en las libertades y derechos básicos que aseguran condiciones aceptables en el debate público, entre otros, pluralismo, libertad de expresión, recursos administrativos y jurisdiccionales que brinden efectivo acceso a la justicia, principio de legalidad, vigencia de los derechos fundamentales, mismos que unidos a ciertas condiciones materiales de bienestar, garantizan la formación de un querer racional.

La democracia, en suma, es el reconocimiento del otro como fuente de exigencias válidas, el respeto a su coexistencia y oposición, jamás su anulación. Con Octavio Paz podemos decir que la democracia es el régimen de las opiniones relativas.

Mtro. Rafael Soler Suástegui

Catedrático de la Facultad de Derecho
Universidad La Salle 

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